Las risas de la vergüenza
Hace unos días descubrí una historia de amistad que me enterneció, y me apesadumbró el corazón: Ali
y Ramboline, dos amigues con un vínculo tan especial que no querían ser separades. Nada muy
llamativo si pensamos en que muches tenemos a alguien de quien no querríamos separarnos nunca.
Lo especial de esta anécdota es que Ramboline es un elefante, y Ali un camello, y nos ha llegado
gracias a un vídeo del parlamento danés de hace unos años. Podéis ver el vídeo aquí:
https://www.youtube.com/watch?v=PujO8KDJSbE
A pesar de lo cotidiano de la situación, que no sería mucho más relevante que dos seres que no
desean separarse, lo llamativo del vídeo son las carcajadas que todas las personas presentes en el
parlamento espetaron, en un contexto en el que se hablaba de la compra de cuatro elefantes a un zoo
para su liberación, y la necesidad de que Ali, el camello, también lo fuera, para no romper así un vínculo
de amistad tan especial.
Hay varios elementos de esta historia que llaman la atención: por un lado, que un gobierno compre
animales a un zoo para poder liberarles en lugar de generar políticas y legislaciones que prohíban la
existencia de estos centros de internamiento vitalicios para quienes tuvieron la mala suerte de nacer en
una especie sometida, como todas las demás, a la ambición de control y dominio de la especie humana.
Aun con todos los avances de conciencia social sobre lo que implica realmente el bienestar animal, que
excluye automáticamente vivir en espacios minúsculos dentro de jaulas, de muros y cristales en lugar
de habitar sus espacios naturales (que, por otro lado, son cada vez menos gracias, de nuevo, al ser
humano: de todes les mamíferos de la tierra, sólo el 4% viven de manera salvaje), la existencia de los
zoos es una clara muestra de que todavía hace falta mucha más acción, y menos discurso y etiquetas
verdes.
Por otro lado, y esto es lo que más me ha impactado del vídeo, el hecho de que decenas de personas
se jacten de los vínculos que nos quedan ajenos por nuestra falta comprensión, el estallido en risas por
la historia de dos seres que encontraron algo de consuelo a la vida de miseria a la que les hemos
condenado en su compañía mutua, muestra la tremenda falta de empatía y autocrítica que tenemos
como asignatura pendiente los seres humanos.
Tampoco esto es nada nuevo: el animal humano se ha extendido infinitamente en un planeta finito a
base de dominar y someter a aquelles a quienes considera inferiores (humanes o no), ha expoliado
recursos en un interés tecnológico y económico que ha condenado a la miseria millones de vidas
(humanas o no). Hemos eliminado de cuajo culturas y tradiciones que se alejan de las nuestras (véase,
las blancas eurocéntricas) para imponer una visión coartada y acotada del mundo. Hemos generado
formas de vivir insoportables para que unes poques puedan poseerlo absolutamente todo.
Sin embargo, que en un contexto institucional (sin ser yo una persona creyente en las instituciones, por
motivos que me sobran) se estalle en carcajadas ante una historia que transmite tristeza, ternura,
malestar y, sobre todo, mucha pena, me rompe el corazón incluso más que la propia historia de Ali y
Ramboline. Qué frialdad y falta de consideración hay que mostrar para que unas vidas que fueron
limitadas por nuestra mano nos produzcan tantas risotadas, qué insensibilidad y desprecio hacia otras
realidades que se alejan infinitamente de las nuestras, y lo hacen por nuestra causa.
El ser humano ha creado muchos artificios para establecerse de forma dominante en el mundo que
habitamos. El sistema racista, clasista, cisheteropatriarcal, capacitista y tantos otros han condenado a
millones de vidas a existencias violentas durante cientos de años, y aunque afortunadamente en las
últimas décadas cada vez son más quienes alzan la voz para visibilizar realidades que son injustas y que
deben cambiar, aún queda mucho por hacer para que algunas realidades dejes de ser violentadas,
dañadas y marginalizadas.
Pero, ¿qué hacemos cuando quienes son objeto de la burla y la violencia no pueden mandarnos
callar? ¿Cómo cambiar cuando tenemos el privilegio de pasar desinteresadamente por la vida sin mirar
a los ojos a quienes nos sufren y padecen cada día? Esa es la gran victoria del sistema especista, la
distancia que hace que nuestra relación con les animales se dé a través de un muro, un cristal o un plato
de comida.
La respuesta a estas preguntas es, para mí, clara: necesitamos humildad y autocrítica, trabajar la
empatía de verdad, salir de nuestros estándares, de nuestras formas de entender el mundo, y ponernos
en los zapatos de quienes no somos nosotres. O, incluso, en sus pezuñas.
* Imagen obtenida de https://www.elephantgroup.dk/2019/08/13/danmark-kan-blive-model-for-cirkusdyrs-velfaerd/

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