Fragilidad cis
Desde que hace unos meses decidí salir del armario (de nuevo) como persona cuya identidad de género se enmarca en la categoría de No Binaria, debo decir que la recepción social y familiar (de familia construida) ha sido tremendamente acogedora. Ha habido preguntas y dudas, todas ellas nacidas de la curiosidad y en ningún caso como cuestionamiento de mi identidad. En otros momentos no ha habido nada, simplemente aceptación y arropo. Lo que debe ser, vaya.
Hasta las últimas semanas.
En las últimas semanas me he enfrentado al mundo real, he salido de mi círculo de apreciación, cariño y cuidados para relacionarme de forma individual en un entorno desconocido con personas que no forman parte de mi día a día. Ante estas personas me he presentado con un nombre determinado y he especificado concretamente el pronombre con el que quiero que se me haga alusión. Pues bien, la respuesta general ha sido, en su gran mayoría, decepcionante, y esto valorándolo desde mi situación actual. Hace unas semanas los términos para definir las sensaciones que resultan de esta vivencia habrían sido, sin duda, dolor, daño, tristeza.
Tengo la sensación de que, al igual que sucede con otras situaciones de opresión, en las que la mayoría privilegiada debemos modificar conductas y reflexionar sobre nuestros privilegios y nuestro comportamiento diario, la tendencia general es aceptar la petición, pero no llevarla realmente a la práctica. Es decir, cuando el factor de esfuerzo y reflexión personal interviene, la tarea se convierte en una situación de dificultad extrema y, en general, se opta por no cambiar ningún comportamiento, de manera que la nueva situación no nos afecte realmente ni le demos un espacio real en nuestras reflexiones sobre qué papel desempeñan en el mundo y en la sociedad esas nuevas necesidades que no es que hayan emergido ahora, es que por fin han tenido la posibilidad, la fuerza y la valentía de salir a la luz.
En concreto, en el tema de la identidad personal (aunque, por supuesto, esta dinámica se repetirá en otras situaciones de opresión que podamos imaginar, seguro), se da lo que se ha llamado “fragilidad cis”. En lugar de ponerme a indagar sobre definiciones académicas o buscar explicaciones generadas de otras bocas y manos, voy a dar la mía, por ser igual de válida (y también como parte de un trabajito relacionado con la autoestima y el autorreconocimiento, lo confieso). Aquí va: La fragilidad cis es esa sensación y posición victimizada adoptada por la peña cuya identidad de género ha sido, y es constantemente, beneficiada por unos privilegios que les han evitado encontrarse en situaciones de dolor, incomodidad, reflexión y lucha porque les asignaron al nacer, de forma social, simbólica y administrativa, una identidad vinculada directamente con lo que tienen entre las piernas y que, llegado el momento de hacer un mínimo esfuerzo por respetar las necesidades y peticiones de otras personas que han encontrado que esa línea de sexo biológico - sexo social - sexo administrativo no les encaja, se agarran a la falta de costumbre y, sobre todo (y esto es lo que más me ha impactado de todo este proceso), al victimismo y excusado de su incapacidad para cambiar la forma en la que se refieren a las personas trans.
Soy consciente de que esta “dificultad” de cambiar la forma en la que nos comunicamos y nos referimos a otras personas existe, y que, en la mayoría de los casos, nace de un lugar real e inconsciente que no pretende dañar a la persona que tenemos enfrente. PERO, y esto es realmente importante, que nuestra intención no sea hacer daño no implica que esto no suceda, y esto es válido para cualquier tipo de situación.
Cuando una persona nos expresa un malestar por una actitud que tenemos tremendamente arraigada, la respuesta no debería ser nunca la excusa, el miedo o la victimización. Esa persona no debería ser responsable de realizar un trabajo pedagógico de formación cada vez que alguien lo necesite, ni es quien debe recibir explicaciones constantes sobre por qué no estamos siendo capaces de cambiar comportamientos propios que le dañan; incluso aunque nuestra intención sea la de dejar de reproducir esas conductas o costumbres y estemos sintiendo dificultades para ello, acomodarse en la intención desde la victimización puede suponer que repitamos patrones que dañen enormemente a quienes tenemos alrededor, y expresar nuestro malestar por esa (irreal) incapacidad de cambio con la persona que sufre directamente es cargarla de más peso emocional y gestión de la realidad de la que ya tiene. Lo que para alguien cis es un desahogo para explicar por qué se equivoca de pronombre, para la persona trans es escuchar otra vez (y otra vez, y otra vez) una excusa de por qué se le malgeneriza.
Qué es lo que falla aquí es algo que he pensado mucho en estas últimas semanas, y creo que es tan sencillo como que, al margen de cuál sea nuestro pensamiento político o social, al margen de estemos o no integrades en luchas o activismos en contra de la desigualdad y la opresión, todo cambio supone un esfuerzo que requiere implicación real, tiempo de nuestro día a día y esfuerzo mental consciente que no siempre queremos dedicar; por otro lado, todo cambio nace de querer mejorar, y es ahí donde nuestro ego interviene y nace la victimización: Si reconocemos que debemos cambiar para dejar de dañar a otras personas, reconocemos que nuestra actitud anterior estaba haciendo daño y, por lo tanto, era injusta, y eso, amigues, es muy doloroso. Reconocernos privilegiades es, en realidad, una tarea difícil, es duro y a ningune nos gusta situarnos en la parte superior de una pirámide sostenida por tantas otras personas y seres que no se merecen estar ahí. También forma parte de la victimización el intentar situarnos como receptorxs de opresión cuando se nos habla de las opresiones que ejercemos. Ante eso, creo que sólo se puede decir que, en muchas ocasiones, es necesario callarse la boca, escuchar y reflexionar, antes de que nos convirtamos en hombres cis hetero pidiendo un día del hombre cis hetero.
¿Cuál es la estrategia? Se me ocurren pequeños trucos que pueden ayudar a asimilar la forma de comunicación y de mención hacia personas a las que hemos conocido identificadas de una manera (bien porque hemos dado por hecho una identidad sin preguntar, bien porque hemos formado parte de la vida de esa persona durante el cambio) que ha cambiado. Estos ejemplos son:
Apuntar en la agenda el pronombre de la persona junto a su nombre (en el móvil, en papel…).
Preguntar el pronombre cuando conozcamos a personas nuevas, de manera que se nomalice esa información como necesaria para conocer y relacionarnos con alguien.
Acostumbrarnos a decir nuestro pronombre, exactamente igual que damos el nombre, en presentaciones y al conocer a personas nuevas.
Practicar en nuestros momentos a solas hablar en neutro (por ser una forma nueva de la lengua con la que no tenemos por qué tener relación).
Recordarnos a nosotres mismes la identidad de las personas con las que nos relacionamos, de manera que esta relación mental nos nazca progresivamente de forma natural.
Recordarnos el nombre de las personas y sus pronombres antes o cuando nos encontremos con elles.
Si te equivocas de pronombre, no te enredes en explicaciones ni justificaciones de por qué te ha pasado o que ha sido sin mala intención. Rectifica, discúlpate y sigue hablando. No le des aún más peso a ese momento ni reiteres las disculpas constantemente.
Creo que la mayor dificultad en la integración de los diferentes pronombres de personas que no se identifican con la lectura social generalizada que se hace de los diferentes cuerpos existentes nace de que no queremos reconocer las dinámicas y directrices que tenemos asimiladas, interiorizadas e invisibilizadas en nuestros diferentes comportamientos.
Pensar en el pronombre y la identidad de la gente obliga, o quizá así debería ser, a reflexionar sobre la propia identidad, a pensar sobre por qué algunes no han tenido nunca que explicitar su pronombre de preferencia por encajar éste con el que la sociedad le ha otorgado, y sitúa, sobre todo, en una posición en la que nos hacemos conscientes de lo intrínseco que tenemos el concepto de género en nuestra mente y en nuestra forma de relacionarnos con otres, aunque pensemos que no (“yo no veo género/sexo, yo veo personas” puede salir de la boca de un machi y de tu amiga feminista, ojito con esto).
La peña cuya identidad de género no encaja con la identidad asignada administrativa y socialmente al nacer ha reflexionado mucho sobre ello, se ha enfrentado a miedos y a primeras veces constantes que agotan y suponen una carga mental que sólo quienes tienen pueden entender. Lo mínimo es hacer un esfuerzo en el lado contrario para facilitar, un poquito al menos, la experiencia de romper las normas en un mundo afianzado por ellas.
*Obviamente, el terfismo y peña machirulesca no están incluidos en estas letras; aquí me dirijo a las personas transincluyentes que reproducen transfobia sin ser plenamente conscientes de ello o sin querer serlo. El terfismo da para muchas otras reflexiones y es otro tipo de comportamiento que nace de lugares diferentes y en lo que no quiero entrar con este texto.
** Este texto nace de una experiencia y punto de vista personal, y en ningún caso es un intento de generar explicaciones colectivas ni una apropiación de sentires ajenos. Cada persona trans sentirá y vivirá estas situaciones a su manera, tendrá sus propias herramientas y considerará determinadas acciones como las más adecuadas a su situación y sus necesidades.
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