Juegos olímpicos y esencialismo biológico



 En los últimos días hemos conocido la noticia de que a partir de los juegos olímpicos que se disputarán en 2028 las mujeres

trans y personas intersexuales verán sometida su participación a pruebas genéticas, retractándose el Comité Olímpico Internacional

(COI) de lo decidido en 2015 de exigir “únicamente” una prueba sobre los niveles de testosterona, medida que rectificó la

decidida en 2003 en el Consenso de Estocolmo, que permitía la competición a todas las personas que se hubieran sometido a una

cirugía de reasignación de género (tela con esto). Un nuevo paso en el retroceso de derechos que el colectivo LGTBIQA+, y en

concreto las personas trans, venimos viviendo en los últimos tiempos.

   La forma que tendrá el COI de determinar qué cuerpos son de mujer y cuáles no estará determinada por el gen SRY (Sex determination Region Y), localizado en el cromosoma Y, del que ya se ha estudiado que su sola presencia no determina la “pertenencia biológica”, si es que eso existe, a un sexo u otro de la binaria categorización eurocolonial*.

   Depositar el peso en gen SRY obvia otros factores como las gónadas, las hormonas, los genitales externos e internos, junto con las demás características sexuales “secundarias”, y genera una simplificación exacerbada que respalda el binarismo de género impuesto desde la construcción eurocéntrica colonial.

   A pesar de estas medidas, los datos muestran que desde la primera regulación del COI han sido 6 las ediciones de juegos olímpicos que se han desarrollado con la posibilidad de participación de personas trans, las cuales han supuesto solamente un 0,006% entre todes les deportistas que han concurrido en las competiciones. 

   El debate en torno a la superioridad que las mujeres trans tienen sobre las mujeres cis en competiciones deportivas no es nuevo: parte de un esencialismo biológico transmisógino que considera que los cuerpos establecidos por el sistema cisnormativo como hombres portan unas características físicas superiores a los cuerpos establecidos como mujer. Es decir, estamos aceptando que es cierto que los cuerpos que encajan en la categoría de masculinos (esto es, tienen pene) en el momento de su nacimiento, son superiores a los cuerpos que encajan en la categoría de cuerpos femeninos (esto es, con vulva), sea cual sea el desarrollo, la situación y entrenamiento de los mismos a lo largo de su vida. Una clasificación binaria, esencialista y colonial que perpetúa transmisoginia, estereotipos, normas corporales y lecturas acotadas de los cuerpos.

    El hecho de que se valoren únicamente parámetros pertenecientes a sistemas de clasificación coloniales y binarios obvia la amplia variedad que las personas encarnamos en nuestros cuerpos. Se juzga que la lectura biológica de lo masculino tendrá siempre mayores capacidades que lo que no lo sea, un esencialismo biológico que dice que es la naturaleza (una lectura eurocentrada y occidental de ella) la que establece qué potencialidades tendrán o no los cuerpos, eliminando otros factores relevantes y obviando otras realidades que no se tienen en cuenta como la altura, la longitud de las piernas, la complexión de la que parte cada persona, etc.

   Además, la preocupación por la participación de las mujeres trans, y la falta de ella por la participación de hombres trans, transmite una misoginia que creo que no se está percibiendo en su totalidad, o al menos no se le está prestando demasiada atención desde los colectivos feministas transexcluyentes que respaldan y aplauden decisiones y legislaciones de este tipo y que generan desigualdad, exclusión y rechazo. Según esto, aceptamos que una mujer cis nunca va a poder alcanzar, mucho menos superar, las capacidades físicas de un hombre cis, a pesar de lo que entrene y se esfuerce en ello, por lo que el esencialismo de la diferencia biológica se establece como inamovible generando una problemática que es, en realidad, social, histórica y cultural, no biológica. 

   Me pregunto por qué no se han preocupado por la posibilidad de participación de las personas interesexuales, o de la escasa presencia de hombres trans en las competiciones. No hablamos ya de la presencia de personas no binarias, que no tendrían siquiera una categoría en la cual participar sin adecuarse a lo impuesto en el nacimiento. Me pregunto por qué, en un intento de eliminar las desigualdades de cuerpos, no se ha alzado la voz en búsqueda de competiciones que se guíen por criterios más acertados que por una genitalidad y características genéticas que nada nos dice de las capacidades de cada individuo.

   Y es que, como bien nos ha enseñado la historia y nuestra propia existencia, todo aquello que no se puede clasificar, no se puede controlar. Nos quieren binaries, hombres o mujeres, nos quieren encasillades y sometides a unas supuestas capacidades que se presentan como innamovibles y ante las cuales no nos queda más que resignación y posiciones marginales.

   Pero yo me pregunto: ¿qué diferencia hay entre decir que mujeres y hombres cis son, y siempre serán, eso, y nunca deberían ser mezclades, y decir que las mujeres tienen por naturaleza menos capacidades para realizar determinadas tareas? ¿Cuánto se aleja esta prohibición del imperativo de la reclusión, el cuidado y la crianza por unas cualidades que nos vienen, supuestamente, innatas a todos aquellos seres que tenemos un coño entre las piernas? 

   Desde mi punto de vista, medidas como ésta sirven más para respaldar la clasificación jerárquica de los roles de género que para desmontarlo y luchar por una supuesta igualdad que pasa por aceptar las mismas clasificaciones injustas de siempre, sólo que, ésta vez, y de nuevo, atacan a quienes viven situaciones más vulnerabilizadas como si eso supusiera un avance en la consecución de derechos y libertades de unas pocas y no el mantenimiento del poder y de la hegemonía de otros. Quizá lo próximo sea eliminar a las mujeres cis directamente de las competiciones deportivas porque sus capacidades y su naturaleza no están construidas para ello. Quizá entonces sean conscientes de que esto no fue más que el establecimiento de una base para ampliar el poder y el control de los mismos de siempre.


*Copio aquí un párrafo del artículo de Lluis Montoliu “Sobre el gen SRY y el sexo masculino”, disponible en:

https://montoliu.naukas.com/2026/03/28/sobre-el-gen-sry-y-el-sexo-masculino/


“ [...] no solo el gen Sry es el gen maestro hacia la producción de testículos, sino que el gen Wt1-KTS es el gen maestro correspondiente hacia la producción de ovarios. Y que las dos trayectorias cuentan con numerosos genes adicionales que contribuyen a completar correctamente el desarrollo de testículos u ovarios, según corresponda. Por lo tanto también podrán existir individuos XX (cromosómicamente femeninos) que tengan alguno de los genes directores hacia ovarios mutados o alterados y entonces permitan la activación del programa de desarrollo masculino, incluso en ausencia del gen Sry, dado que las dos vías se repelen e inactivan mutuamente. Si se activa una generalmente se inactiva la otra. Y, viceversa, si se inactiva una entonces se puede activar la otra”.


Imagen de
https://www.anred.org/lo-que-no-se-mueve-no-se-mejora-el-deporte-olimpico-y-la-deuda-con-las-personas-trans/

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