Eliminar los derechos LGTBIQA+ es allanar el camino a la ultraderecha





En las últimas semanas parece que las noticias sobre recortes de derechos sociales a las personas queer son cada vez más abundantes: de un lado a otro del globo, las potencias del norte global, en su camino de derechización y eliminación de los progresos sociales conseguidos en los últimos años, han dado pasos agigantados que ilegalizan el ya reducido listado de derechos que tenemos en el colectivo LGTBIQA+.

Trump envía pasaportes que reconocen únicamente el género asignado al nacer, y detiene a quienes no utilizan el baño que la policía del género considera su correspondiente; Hungría ha ilegalizado la marcha del orgullo y cualquier manifestación relativa a los derechos del colectivo; Reino Unido reconoce que el término “mujer” se refiere únicamente al sexo biológico, por lo que las mujeres trans dejarán de serlo a ojos de las leyes del país; en el Estado español el Q+ fue eliminado por el PSOE de las siglas LGTBIQA+ hace un par de meses, en un intento de reducir y acotar a quienes pertenecen al colectivo, pues clasificar y controlar suelen ir de la mano. Suma y sigue.

Todas estas medidas suponen pasos en la eliminación de los pocos derechos que el colectivo LGTBIQA+ ha conseguido en los últimos años. La ola reaccionaria se nos echa encima, y parece que ataca por completo: en el caso de lo queer, no es sólo la derecha quien confabula para eliminar primero nuestros derechos, luego a nosotres mismes: son incluso colectivos violentados y oprimidos quienes creen que para defender los pocos derechos que poseen hay que eliminar los nuestros, como si sólo hubiera un número limitado de progresos que hay que repartir entre los de abajo, y como si las derechas y el fascismo fueran a comportarse de manera más amable con elles sólo por aliarse en su cruzada contra lo no normativo. Me recuerda al famoso poema en el que los fascistas van atacando a unes y otres y, al final, no había nadie para ayudar a quienes quedaban.

Eso les va a pasar a quienes se alinean con el pensamiento fascista y retrógrado de los que quieren eliminar nuestros derechos y eliminarnos a nosotres por completo. De repente, el discurso biologicista se convierte en bandera de colectivos feministas que defienden una transfobia basada en un pensamiento que obvia, de forma consciente o debido a una completa ignorancia inabarcable, que lo biológico no escapa de ser una construcción social, occidental y colonial, que el sistema de género machista y binario se ve constantemente reforzado por su lucha de eliminar a todo aquello que no encaje, paradójicamente, en su lectura dual de la sociedad, y acepte los estereotipos y nomenclaturas que nos asignaron siguiendo modelos arcaicos y acotados de la comprensión del mundo.

Lo hacen por las mujeres, por las niñas y los niños (no por les niñes), dicen algunas; otras porque disfrutan ejerciendo poder en un mundo patriarcal al prohibirnos un nombre, una identificación o entrar a un baño concreto, medidas que plantan las semillas del horror, la violencia y el peso eterno sobre nuestros hombros.

Es curioso que, con la intención de romper moldes, estereotipos, mandatos de vida que nos alejan de lo que nos mueve y nos atraviesa realmente por dentro, algunas autonombradas feministas se empeñen en defender cárceles corporales, obligadas y forzadas al nacer, como si su naturalización fuera la única forma regia de vivir esta vida (incluso mostrando carteles que rezan "Mujer se nace"; si De Beauvoir levantara la cabeza...), como si su dios, su ideario, su ciencia fueran las únicas y verdaderas, y cualquier movimiento fuera de la norma debiera ser identificado y eliminado. Un esencialismo biológico que las encierra también a ellas mismas.

Parece que somos las personas queer quienes creamos el matrimonio heterosexual normativo con sus diferencias de poder, quienes obligamos a las niñas a andar con cuidado por la calle porque la posibilidad de ser violadas es un porcentaje que me resulta difícil incluso de plasmar. Parece que es la gente trans la culpable de la violencia de género, quienes prohibirán el aborto o se empeñarán en afianzar trabajos estereotipados, precarios y constantemente jerarquizados. Parece que somos el gran mal del mundo. Y mientras ellas intentan eliminarnos, se eliminan a su libertad y a ellas mismas.

Creo que una base imprescindible para valorar de qué lado se sitúa un pensamiento, una ideología concreta, es preguntarse quién está de acuerdo con ese pensamiento. Si la respuesta a la pregunta es la derecha, el fascismo, los nacionalismos ultracatólicos y todos aquellos grupos que defienden políticas racistas, clasistas y machistas, es que algo, evidentemente, estamos dejando escapar.

Y cuando vayan a por ellas, no habrá nadie que pueda ayudarlas.


Fuente de la imagen: Getty Images 


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