El privilegio de la mirada


Hace poco más de un año me operé de miopía. Se me hace raro aún ver sin tener nada en la cara, despertarme y ver con claridad el espacio en el que estoy. Más de un año y aún siento una sensación difícil de explicar cuando me toco la cara y no encuentro nada a mi paso: ninguna montura de plástico o metal, ningún cristal que se interponga entre mis ojos, mis cejas y mis párpados y el mundo que otean.

        Desde entonces he tenido ganas de sentarme a escribir sobre ello. Al principio no podía hacerlo (tardé más de un mes en ver la pantalla medianamente bien) y, después, supongo que quise disfrutar de mi recién renovado sentido en lugar de seguir pensando tanto sobre él. Una fantasía que quienes no han necesitado nunca llevar gafas o lentillas no se acercan a imaginar.

        Y, ojo (nunca mejor dicho), que no quiero yo decir que tener buena vista sea uno de los mayores privilegios. Como persona blanca del norte global con una situación bastante más acomodada que la mayoría, por mucho que me haya jodido la economía de esos meses, siempre he podido comprarme unas gafas o unas lentillas. Aunque haya estirado las anteriores más de lo debido, aunque las lentillas de un mes me hayan apañado casi trimestres. Nunca he tenido que joderme sin ver porque vivo en un lugar y en una situación en la que el método de ayuda ocular estaba a mi alcance. De hecho, la operación es privada, y aunque aún la estoy pagando, he podido acceder al dinero para ella y recibí los cuidados posteriores de forma cuidada y desinteresada. Vaya, que soy une privilegiade, una vez más.

No se trata de eso, y no es desde ahí desde donde quiero escribir, pero sí fue muy interesante descubrir las cosas que podía hacer sin preocuparme de ponerme un cacharro en la cara para ver con claridad, y fue más interesante aún hablar con la gente que me rodeaba sobre ello.

Poder ducharme viéndolo todo, conducir y, al pasar por un túnel, quitarme las gafas de sol (que antes eran, claro, graduadas) y no tener que ponerme otras inmediatamente. Tocarme la cara, acariciarme los ojos y que otres lo hagan, sin que nada se interponga. Bañarme en un río y ver; follar y ver. Abrazar a alguien y poder esconder mi cara en sus recovecos, en los que ahora encaja mejor. Abrir los ojos por la mañana y observar la ventana desde la cama tranquile, sin moverme, sin coger nada, sólo con despertar. Sentir el viento en los párpados, y el tacto delicado de quien los acaricia.*

Todas esas situaciones eran ajenas para quien no ha tenido problemas de visión nunca, y era muy curioso saber cómo esas personas no se habían parado ni a pensar en ello. Obviamente, en realidad. Por mucho que seamos empátiques, empapades de lucha social y política, hay cosas que se nos escapan. Realidades que son difíciles de imaginar, salvo que se vivan. Y, de nuevo, esto es demasiado intenso como para hablar sólo de operarte en una clínica privada por tu miopía. 

La cuestión es otra: qué jodido es que nadie pueda entender realmente la realidad de les otres. Qué jodido que lo intentemos y, aún así, nunca lleguemos a conseguirlo del todo. Qué mierda tener que explicar cada mínimo detalle de la vida que nos rodea para que podamos hacernos una idea de la experiencia de les otres. 

No puedo evitar pensar en la lejanía que nos separa de aquelles que viven vidas diferentes a las nuestras. Aquelles a quienes ni siquiera podemos mirar directamente para que nos digan “hey, si me baño en la playa y me pierdo, búscame, que de lejos no veo”. “Vivo el racismo cada día de mi vida”, “me llamaban anoréxique y nunca lo superé”, “mi familia me destrozó”, “talaron mi tierra para plantar soja”, “yo hui de una guerra”.

Incluso realidades más sencillas se nos escapan: cómo entender lo que siente ese amigue realmente cuando te dice que está triste, por qué tu comentario inocente hirió a alguien, el gesto que hubo y que,. aunque no terminas de entender, tuvo una gran repercusión. Las vivencias son tan únicas como las propias vidas y los propios cuerpos, y sólo en ellos se sabe de verdad todo lo recorrido. Las muescas que quedan, las cicatrices que sanan formando otra piel, permean el mundo de forma especial.

Leí hace unos días una frase que compartió una amiga; parafraseando, decía que se conocía más a alguien con una conversación profunda que tras muchos años de relación. Y, aún así, puede ser muy difícil. La distancia de las vivencias puede ser insondable.

Por ello, no nos queda otra que escuchar, prestar atención, intentar acercarnos a la realidad de les otres con la empatía bien abierta y empapada de ternura. Creo que es una buena manera de acercarse a quienes nos rodean.

Y, si podemos, aclarar incluso un poco más la mirada.


*Incluso quienes hemos vivido realidades incómodas podemos olvidarlas cuando las dejamos atrás. En este párrafo, pensando en los días posteriores a la publicación de este texto, habría incluido también lo incómodo de caminar bajo la lluvia con gafas, sin poder disfrutar del camino porque no ves nada a través de los cristales empapados. No he podido bucear a gusto durante muchos años, porque el borrón que era la profundidad no tenía que ver con ella sino con mi mirada. Hacer deporte ha sido, también, incómodo durante muchos años. Con gafas es muy complicado estar a gusto durante muchos ejercicios, y las lentillas y su sequedad no permitían que disfrutara plenamente de mi cuerpo y lo que puedo hacer con él.

Seguro que se quedan muchas cosas en el tintero, pero no quería dejar marchar estas nuevas reflexiones, o (pensándolo mejor) estos antiguos recuerdos.



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