El privilegio de la mirada
Hace poco más de un año me operé de miopía. Se me hace raro aún ver sin tener nada en la cara, despertarme y ver con claridad el espacio en el que estoy. Más de un año y aún siento una sensación difícil de explicar cuando me toco la cara y no encuentro nada a mi paso: ninguna montura de plástico o metal, ningún cristal que se interponga entre mis ojos, mis cejas y mis párpados y el mundo que otean. Desde entonces he tenido ganas de sentarme a escribir sobre ello. Al principio no podía hacerlo (tardé más de un mes en ver la pantalla medianamente bien) y, después, supongo que quise disfrutar de mi recién renovado sentido en lugar de seguir pensando tanto sobre él. Una fantasía que quienes no han necesitado nunca llevar gafas o lentillas no se acercan a imaginar. Y, ojo (nunca mejor dicho), que no quiero yo decir que tener buena vista sea uno de los mayores privilegios. Como persona blanca del norte global co...