Espacios seguros...???
Hace un rato me preguntaba a mí misme en otro de los textos qué pasaba “cuando nos leemos como personas comprometidas, despiertas, con las gafas moradas y de tantos otros colores y ocupamos espacios con intencionalidad transformadora pero que niega la presencia de quienes se ven atravesades por otras realidades diferentes a las nuestras”. Esto es algo sobre lo que he seguido pensando y a lo que no he encontrado solución. Probablemente no haya una respuesta correcta, como para tantas otras cosas, y dependa de experiencias personales, individuales dentro de lo colectivo, aislado dentro de lo grupal… A saber. Supongo que cada cual, según su momento, pensará lo suyo.
Han sucedido, sin embargo, dos situaciones en los últimos meses que me han hecho querer escribir de nuevo sobre este tema (en un principio aquí iba a decir “seguir pensando sobre este tema”, pero tampoco es que antes hubiera dejado de hacerlo… ¿Alguna otra cabecita obsesiva y autoexigente por ahí?), pero desde una perspectiva diferente.
Por un lado, hace algo más de un mes organicé con el colectivo en el que participo un evento de día en el que hubo conciertos, comida y bebida. Sobre todo alcohol. Bastante tabaco también. Primera reflexión del día: los espacios de ocio que generamos siguen girando en torno a las drogas. Segunda reflexión del día: prácticamente la mayoría de las personas éramos iguales. Mismo color de piel, misma ropa, estéticas muy similares.
El siguiente evento sucedió de forma telemática y más recientemente: Una persona difunde en un grupo información sobre una charla centrada en la asexualidad, otra persona hace una broma sobre ese tema (bastante absurda y centrada en repetir estereotipos), y otra persona transmite su malestar. Lo que sigue son comentarios en los que no se reconocen faltas de tacto ni posibles ofensas, y finalmente la persona ofendida (y dañada) por el comentario termina marchándose del grupo, uno en el que una realidad muy íntima es compartida por todes quienes están ahí.
La verdad es que me está costando enlazar todas las ideas que quiero plasmar en este texto, así que iré directamente al grano:
-Siento que, muchas veces, generamos espacios incómodos para muchas personas, sin darnos cuenta.
-Siento que cuando esas incomodidades se transmiten, no somos capaces de reconocer errores o generar cambios para que nuestros espacios sean, realmente, más seguros.
-Siento que nos dejamos llevar por la idea de que todes somos muy alternatives, nos sentimos dentro de los mismos colectivos y tenemos ropa llena de parches con mensajes revolucionarios y peinados desiguales que hacen que nos parezcamos más y más les unes a les otres. Es lógico, el sentido de pertenencia del ser humano está ahí, somos animales sociales que buscamos ser de algún lugar, real o simbólico, y necesitamos encontrar a nuestres iguales para poder sobrevivir a la hostilidad del mundo que nos rodea. Yo lo hago, y me comprendo perfectamente.
La búsqueda y, sobre todo, el encuentro de los espacios seguros, aquellos en los que podemos ser y expresarnos con libertad nos cambian las heridas más profundas y con su baba empiezan a sanar. Las cicatrices se cubren de tatuajes que decoran los dolores con su tinta.
Pero, y aquí me vienen más y más preguntas, ¿qué es un espacio seguro? Eso es un melón tremendo que molaría abrir en colectivo en algún momento. Para alguien puede ser hacer bromas y mostrarse sin vergüenzas tal y como es, sentido del humor, obviamente, incluido; para otra persona puede ser no escuchar bromas que le hieren aunque no vayan con mala intención. Otres sentimos que podemos ser nosotres mismes sin tener que andar haciendo pedagogía constantemente sobre nuestra realidad. Para mí está bastante claro, pero cuando se mezclan las individualidades y, a la vez, no queremos, o simplemente no podemos sostener lo que es posicionarnos constantemente en todos los conflictos o malentendidos que surgen a nuestro alrededor, puede que estemos participando de la generación de espacios hostiles también. Joder, es que es un temazo.
Y entiendo que es difícil y no pretendo echar balones fuera. En el evento no bebí alcohol apenas pero fumé muchísimo, aunque pensaba en las personas a las que mi humo y mi tabaco estarían molestando o dando asco; yo lo seguí haciendo.
Y me pregunto si realmente esa búsqueda de nuestres iguales nos asegura la seguridad, si esos espacios son aquellos en los que encontraremos la tranquilidad, la comodidad y la comprensión o sólo lugares donde habitar con gente con la que compartimos opresiones, pero no por ello se asegura la protección, la tranquilidad y la invulnerabilidad. A veces siento que pensamos que una persona normativa en su vestir, su trabajar, su peinado, en su ocio, y tantas otras cosas, no nos va a entender, ni siquiera a apoyar, tanto como una persona con la que nuestra afinidad estética o política encaja a la perfección. Parece que ser une punki que encuentra a otre punki ya asegura afinidad de pensamiento, de formas de hacer y de sentir la vida, de formas de cuidar, y que una cresta frente a una falda con tacones, pelo alisado y unos labios pintados de manera normativa no van a encajar jamás. La norma dentro de la no norma. ¿En serio? ¿No nos vamos a dar el regalo de tener el beneficio de la duda y observar, que no juzgar, a la gente por su comportamiento? Me parece muy interesante profundizar en esto, porque a la vez que entiendo perfectamente que necesitemos leernos y leer a les demás de formas concretas, creo que eliminamos a gente bonita por el camino sin llegar a conocerles realmente por los prejuicios que tenemos hacia su estética o su forma de vivir.
Grafitea Nuturk “cuestionamiento constante” en Evidencias Invisibles*. Qué difícil es en la práctica y qué necesario para vencer al policía interno que coarta y condiciona nuestra manera de actuar.
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