Pregunten, sí. Pregunten.
“Pregunten, sí. Pregunten a sus madres, mientras puedan. Y si ya no están o han perdido la memoria, pregunten a las personas que las conocieron y que un día también dejarán de estar. Pregunten, porque cada historia tiene un valor irremplazable”.
Este fragmento es del libro de Belén Gopegui Ella pisó la luna. Ellas pisaron la luna, que estoy leyendo para el club del lectura al que pertenezco. La obra habla de la madre de la autora, y de cómo un relato de vida único y personal puede ser, a su vez, un relato general de muchísimas personas que, con sus diferencias, vivieron situaciones similares de obligaciones impuestas y cuidados entregados.
Pero no escribo para hablar de este libro, ni siquiera del tema que trata; aunque podría ser muy interesante, no es el caso. El caso es que, con esta lectura, con este fragmento en concreto, me ha resonado muchísimo una idea que lleva dándome vueltas en la cabeza desde hace un rato, y es la imposibilidad que tenemos de percibir el interior real de las personas que nos rodean; lo difícil que es entender el trauma, la opresión y la vivencia ajena. Así, en general.
Concretando un poco más, me refiero a que, por mucho que intentemos no juzgar, movernos desde la ternura, tener en cuenta que los pasados de la gente son insondables para nosotres, y que las actitudes y comportamientos de cada une tienen mucho que ver con todo eso que llevamos a nuestras espaldas, me parece una tarea muy complicada en la que siento que fracasamos una y otra vez.
Quizá sean experiencias propias, o quizá sea, también, un momento concreto a nivel más general, pues son bastantes las personas con las que he hablado de esto últimamente, así como otros temas relacionados con los cuidados y nuestra forma de habitar y permitir habitar espacios (1), tanto a nivel físico como a nivel emocional.
Las situaciones violentas, los silencios, las soledades. Los juicios que no nos atrevemos a expresar, porque nos da vergüenza reconocer que nacen de nosotres, seres en constante deconstrucción para quienes a veces es más fácil ignorar que reconocer nuestras taritas. El constante vaivén entre el autocuidado y el cuidado a les demás; qué fina y, a la vez, qué gruesa es esa línea.
Me decía una colega que estaba cansada de que el punk le diera lecciones, mientras hablábamos de que, a veces, podemos sentirnos más cuidades por gente normativa cuyas vidas se mueven más en todo aquello de lo que quienes habitamos las disidencias renegamos. “La superioridad moral de un espacio no puede estar por encima de la seguridad de la gente que conforma o usa un espacio determinado”, decía ella también mientras hablábamos de que nuestros propios espacios politizados, poliamorosos, que repiensan el deseo, que quieren acoger realidades discriminadas, y un largo etc., reproducen todo el rato violencias, prejuicios, vínculos jerarquizados, falta de cuidados, etc., que pueden llegar a ser casi más violentas que las violencias del día a día por venir de quien, en teoría, leemos como nuestre compañere.
Y es que, al final, siento que muchas veces los cuidados los teorizamos, nos los ponemos como eslogan en las camisetas o los cogemos como discurso que muestra que estamos haciendo las cosas diferentes, pero no van más allá de eso, no llegan a la práctica, a lo real.
Esta es una movida muy grande, la de la teorización. Perdernos en los discursos sobre el cambio, la ternura, la deconstrucción y la aceptación a veces sirve para quedarnos a gusto en eso, en la teoría, pero si no se incluye la práctica mediante la mirada al espejo de nuestras partes más oscuras de poco o nada nos va a servir. La difícil asunción de las opresiones que cometemos en el cómodo papel de seres oprimides, un trabajo difícil.
Y esto lo digo como autocrítica, como persona que, también, se ha perdido en sus propios dolores y ha sido incapaz de ver cuáles eran los dolores de les otres. He sido enjuiciadore y he sido víctima. Las dos cosas, como todo el mundo.
Y es que es difícil salir del yo, como es difícil normalizar hablar de los traumas y dolores que nos acompañan, mostrar esa vulnerabilidad en un mundo que es hostil por mucho que intentemos que no lo sea. Quizá, en nuestro repensar constante de los vínculos y los espacios, tendríamos que empezar a preguntarnos “qué es lo que más te duele”, “cuál es el sitio donde te duele”, de manera que intentemos no pisar ese camino que nos han abierto con toda la vulnerabilidad del mundo. Porque quizá se trata de eso, ¿no? Si seguimos ejerciendo violencia, tanto física como psicológica, si seguimos reproduciendo patrones de mierda, generando espacios incómodos y vínculos que no son igualitarios, quizá lo que nos está faltando es preguntarle a le de al lado qué es lo que más le duele, y currárnoslo, y curárnoslo, a partir de ahí.
Siento que este texto no llega a nada concreto, más que a poner por escrito ideas y sensaciones que me quería quitar de encima. O, al menos, intentarlo.
Sin ninguna conclusión, me quedo con esto que leí en el libro de una amiga (2): “pero los cuerpos también son esto, también son tristeza, debilidad, vulnerabilidad y fragilidad”, y en ese “los cuerpos” entiendo también las cabezas, nuestro espacio más íntimo y oscuro que puede ayudar o impedir generar cambio a partes iguales.
(1) Sobre este tema ya escribí en https://diariode1insumise.blogspot.com/2023/03/para-que-esto-cambie.html
(2) El libro es Ruptura y reparación de la máquina. Escritos desde un cuerpo lisiado, de Itxi Guerra en Trinchera Ediciones.
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