Cuando lxs anarkistas votan
A veces la vida nos sorprende de maneras que nunca hubiéramos imaginado; de repente, nos encontramos haciendo, pensando, sintiendo cosas que nos parecerían impensables si miráramos atrás y nos viéramos a nosotres mismes hace unos años, unos meses o, incluso quizá, hace unos días.
Así me encuentro yo ahora mismo, dispueste a escribir un texto sobre participación política en unas elecciones generales, intentando plasmar pensamientos y reflexiones que han ocupado mi cabeza sobre la forma de “elegir” en el sistema político opresor que nos rodea…Y así, también, se han sentido muchas personas que, por primera vez, han decidido ejercer el “privilegio” de meter un papel en una urna.
Voy a empezar por explicar las comillas, para intentar darle algo de forma a todas las ideas que me han estado rondando estos días.
Cuando entrecomillo “elegir” lo hago porque esa afirmación es, evidente y completamente, falsa. El sistema democrático es una pantomima política que se estableció tras el proceso que se llamó Transición, que conformó otra tremenda pantomima política de manera que la gente, el pueblo, sintiera que después de vivir en una dictadura, tendrían, por fin, la capacidad de opinar y mostrar sus preferencias de forma no violenta ante un sistema-Estado que, de nuevo por fin, les escucharía.
Parece que el sistema democrático intenta insuflar la idea de que en esos momentos, en esos días de elecciones, podemos realmente tener algo que decir y que decidir sobre el funcionamiento de las instituciones, las legislaciones y las dinámicas de políticas que nos rodean, como si ése fuera el único camino que la gente tiene de influir en el sistema que habitamos. Y no es cierto. Ése es, de hecho, el camino menos eficaz para generar cambios e impactos en la forma de desarrollarse de los sistemas opresores que habitamos y nos rodean.
Creer que podremos opinar e influir en la deriva política (aka* interesada, aka con sus propios planes y objetivos dentro de un sistema caníbal capitalista, ecocida, cishetero patriarcal, colonizador, y un largo etc) mediante el ejercicio del voto es, por un lado, falso, y por otro, incluso aunque finalmente obtenga el poder algún partido cuyas políticas vayan encaminadas en una dirección más social, menos fascista, más abierto, menos reaccionario, etc., la posibilidad de implantar medidas y legislaciones que, realmente, tengan un impacto directo en la vida de la gente, es bastante limitada. La cantidad de artimañas y entramados burocráticos son tantos que, muchas veces, medidas que podrían hacer notar un cambio directo en la vida de algunas personas tardan años en llegar o no llegan nunca. Además, se obvia la posibilidad real y más directa de ejercer cambios a pequeña escala que tendrían un impacto más global con el paso del tiempo. Me refiero a las formas de consumo, de transportes, de vincularnos… Muchas maneras que, aunque complicadas porque inexorablemente habitamos espacios ensartados en unos sistemas de control que cuentan con macroestructuras, y micro también, de poder, podrían suponer un cambio progresivo en cómo funcionan las cosas.
El entrecomillado de “privilegio” me parece, también, muy importante de remarcar. Éste es un tema que, creo, se puede observar desde muchas perspectivas. Lo que a mí me apetece decir es que, tras haberle dado muchas vueltas, sí estoy segure de llamar al derecho a voto “privilegio”. Creo que se puede explicar de forma sencilla con la típica frase de que si hay algo que unes tienen y otres no, si algo no está al alcance de todo el mundo y distingue en el trato y las posibilidades, ese algo es un privilegio. Podemos debatir sobre si realmente es un privilegio algo que no sirve para nada, pero lo cierto es que, históricamente, y actualmente también, existen muchos grupos que no hemos tenido el acceso a meter el papelito hasta épocas bien recientes o aún se les niega hoy en día, y suelen ser esos grupos, casualmente, quienes tienen más posibilidades de verse afectados por políticas de odio que violentan y vulnerabilizan más aún su situación general y su día a día. Por lo tanto, sí: privilegio. Ejemplo de ello son las campañas de “Cede tu voto” que nacieron hace unos años, y que muestran cómo muchísimas personas en situación administrativa de irrregularidad (lo cual también podría llamarse, sencillamente, gente a la que el sistema-Estado no quiere reconocer como ciudadanía real y merecedora de plenos derechos) tiene deseos de expresarse mediante el ejercicio del voto.
Y eso me lleva a pensar en todas aquellas personas que, aunque tienen el derecho y la posibilidad de votar, no lo han hecho mucho a lo largo de su vida o que, incluso, no han votado nunca: mucha gente que no se enmarca en un pensamiento político concreto, que lo hace pero no está dispuesta a votar a ninguna de las opciones que se encuentran disponibles, personas a las que el simple hecho de pensar en esa idea de representantes y partidos políticos les genera una pereza tremenda, gente anarquista que no considera que la acción de votar sirva para algo e, incluso, algunes que rechazan de forma tajante la idea de participar en un proceso que consideran engañoso y alienante. Todas estas opciones existen (y muchísimas más, por supuesto), y todas ellas son válidas. Yo, al menos, no tengo intención de dar un discurso sobre que hay que votar, o que no hay que hacerlo. Cada cual que decida lo que haga sentir más fiel a sus ideas y principios.
Pero, y esto es lo que me ha rondado más la cabeza en las últimas semanas (por fin llegamos a esa parte del texto…), la realidad es que, en estas últimas elecciones, muchas personas que no habían votado nunca, que rechazan esa forma de organización del sistema, que consideran que el voto es un engaño para que pensemos que es la única forma posible y accesible de influir en un sistema que, a su vez, pretende que pensemos que su existencia es la única forma posible de hacer y de organizarse, han decidido votar en estas últimas elecciones. No hablo de que la participación haya subido en no sé cuántos puntos (unos cuatro y pico… aunque no sé cómo se traduce eso en número de personas concreto, la verdad), hablo de que gente cercana, gente de mi entorno, gente a la que sigo en redes… ha explicitado que en estas elecciones, por primera vez, tenía intención de votar o lo ha hecho.
¿Por qué ha sucedido esto? ¿Qué ha sido diferente esta vez? Sencillamente, en mi opinión, el miedo al fascismo, el miedo a que gente y partidos que son claramente de derechas, extrema o no, llegaran al poder. Ese miedo ha hecho que mucha gente haya priorizado el frenar el acercamiento de esos fascistas mediante la estrategia del voto; es decir, mucha gente que ha votado por primera vez, mucha gente que no cree en el mecanismo de los papeles en las urnas ha decidido que ésa es la forma más rápida y efectiva, a corto plazo al menos, de evitar que un gobierno fascista nos incluya en la deriva mundial que se encamina obviamente hacia la opresión, el racismo más exacerbado, el machismo más arcaico, la homofobia que pretende devolvernos a los armarios y la transfobia que pretende hacernos desaparecer.
Esto me hace preguntarme si acaso la única opción que visualizamos son las ya establecidas, las que vienen dadas, si acaso la forma de actuar que nos queda es frenar lo malo, si hemos perdido la ilusión de generar algo nuevo… Si, simplemente, no podemos imaginar más.
Creo que este párrafo de arriba, aunque breve, aunque sencillo, es de los más tristes que me han nacido mediante la escritura. Me vienen pensamientos y explicaciones, me vienen porqués que tienen muchísimo sentido a la hora de explicar esas posibilidades… Pero la tristeza permanece.
Creo que la militancia es una forma de vida muy difícil. Creo que el sistema está montado de manera que salir de él, aunque sea lo más mínimo, tendrá consecuencias que se notarán de alguna manera, y creo que cuando ese salir del sistema se convierte en objetivo, en proyecto conjunto de unes poques, o unes muches, la carga emocional, organizativa y mental es tremenda. ¿Cómo nos vamos a dedicar en cuerpo y alma a generar un proyecto organizativo libertario si tenemos unos mínimos que conseguir dentro del sistema que nos oprime (conseguir un techo, conseguir comida, conseguir unos mínimos que nos proporcionen vidas aceptables y, si puede ser, disfrutonas y dignas de vivir)? ¿Cómo cargar en hombros colectivos el peso de crear un mundo nuevo mientras lidiamos con la dificultad de organizarnos en la era del individualismo y de afrontar unas represalias que pueden llegar a condenarnos de por vida (multas inasumibles, cárcel, etc.) que se focalizan no tanto en grupos sino en individuos concretos? ¿Cómo afrontar las represalias cuando es difícil generar grupos de confianza, de autocuidado, cuando aún estamos aprendiendo a gestionar nuestras propias emociones, aprendiendo a tener conversaciones incómodas con nuestra gente más cercana como para hacerlo con naturalidad con un grupo amplio de personas que tienen en común un proyecto colectivo de organización a una escala algo mayor que nuestro círculo cercano?
¿Estamos organizades como para imaginar, de forma horizontal, un proyecto a gran escala, libertario e igualitario? ¿Sabemos sostenernos les unes a les otres mientras trabajamos para que eso se dé? ¿Podremos ponernos a un lado, abandonar el individualismo que el sistema nos insufla en las venas, y escuchar otras necesidades o prioridades que no encajen con las nuestras? Me parece tremendamente difícil todo esto. Me parece que, quizá, esto tenga que ver con la falta de esos proyectos conjuntos que pretendan cambiar las cosas en el sentido antisistémico que tanto anhelamos.
Creo que la decisión de muchas personas de haber votado por primera vez, o la de muchas personas que, aún teniendo un pensamiento más cercano al anárquico, a la autogestión, a intentar visualizarlo todo desde una escala más pequeña (ahí es donde yo me enmarco), personas que rechazan el sistema democrático por su trampa, su fraude y su mentira, han votado en ésta y en otras ocasiones, viene determinada, precisamente, por un pensamiento práctico, un pensamiento del aquí y del ahora, que, quizá, no creen o no pueden imaginar un futuro en el que esa organización conjunta, ese proyecto colectivo organizado de libertad y autogestión y alejado de un sistema conformado por infinitos sistemas de opresión, se vaya a hacer realidad. Quizá la militancia nos ha agotado hasta la extenuación, quizá hemos perdido la capacidad de imaginar, quizá nos hemos vuelto tan realistas que sabemos que será tremendamente difícil salir de los límites sistémicos impuestos y no creemos que podamos generar una forma de organización diferente, más allá de las vinculaciones y formas de vivir que intentamos aplicar y aprender en nuestro día a día.
Quizá esto es sólo una estrategia más. Quizá sí tenemos la esperanza, y aún soñamos con algo mejor pero hemos decidido jugar a su sucio juego esta vez.
No tengo ni idea.
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