Ni perdimos las formas ni la razón

Hace unas semanas se me acumularon unos cuantos momentos en los que me vi, de repente, y de nuevo, obligade a hacer pedagogía gratuita ante varias situaciones que me removieron y me violentaron bastante.

Estas situaciones se me han dado con gente de mi entorno, y es por eso por lo que hice la pedagogía; a pesar de ello, no fue una elección totalmente personal sino que me vi situade en una posición en la que no me quedaban muchas más opciones si quería mantener esos vínculos. Vaya, un currito extra que requiere bien de esfuerzo físico y muchísima implicación emocional para hacerme entender ante personas que me han hecho sentir incómode y violentade por algún motivo.

Me pesan, sobre todo, dos momentos que fueron bastante duros y que aún me quedan dentro. En ambas situaciones, fueron perspectivas sesgadas y personales las que se evidenciaron y quedaron patentes de ser obligadamente repensadas por la otra parte.

Lo que a mí me queda, además del cansancio por el esfuerzo en el que muchas veces nos encontramos ante lo que son actitudes y comentarios que nacen del desconocimiento o, incluso, de la buena intención, pero que se clavan en el alma como puñales afilados, es la sensación de que, tanto en esas situaciones como en tantas otras, muchas veces se prima el tono y la forma de comunicación como lo más importante en según qué discusiones o conversaciones, y se deja de lado la violencia y el tamaño de la ofensa, el ataque y la ignorancia que yacen de fondo en la cuestión. 

Me explico mejor, por si no lo estoy dejando claro: Me queda la sensación de que seguimos pensando aquello de que si pierdes las formas, pierdes la razón. Y no es así, amigues, no es así en absoluto.

Me parece que esa argumentación sobre la forma es una maniobra para obviar el contenido de la discusión, es una manera de desviar el debate de lo realmente importante hacia otro asunto, y una estrategia de las personas privilegiadas (y/o equivocadas) que acusa a la parte violentada de malas maneras, de forma que parece que los únicos debates que se tolerarán serán los que mantengamos sentades, tomando unas pastas y un té en un atardecer primaveral.

El problema, el intento de engaño, nace de la utópica idea de que mantener conversaciones calmadas es la clave para que posturas opuestas o diferentes se acerquen. Esto es totalmente falso, pues la forma en la que diferentes partes pueden llegar a entendimiento es dejando a un lado el ego y los criterios personales y haciendo un esfuerzo de comprensión de aquellas situaciones y vivencias que no hemos experimentado en nuestros cuerpos. Los gritos se entienden perfectamente cuando quieren ser escuchados, y quizá es la diferencia jerárquica y de realidades, la diferencia de privilegios y experiencias, lo que dificulta el entendimiento, y no el volumen de la conversación.

A veces incluso somos quienes ocupamos el mismo escalón social quienes nos vemos enredades en estas situaciones; y es que, por mucho que nos atraviesen opresiones parecidas, no es posible comprender a le otre si no empatizamos haciendo un esfuerzo, que ni siquiera me parece tan grande, de imaginar las diferentes vivencias desde la realidad de le otre, desde su propio lugar, abandonando el nuestro y nuestro ego, nuestra arrogancia y nuestro rechazo a ser enseñades, nuestro miedo a aceptar que nos equivocamos. Sin estos pasos, difícilmente nos vamos a entender.

Por supuesto, la estrategia de “la calma de les oprimides” (me lo acabo de inventar y me encanta, la verdad) tiene como objetivo que las situaciones de violencia que vivimos en nuestros cuerpos se mantengan en silencio y el orden establecido, bien estructural, bien de un ego bien puesto, no experimente el más mínimo temblor. 

Me parecen situaciones fácilmente extrapolables a grandes revueltas y levantamientos populares de gente que ha dicho basta. ¿Por qué, si estás de acuerdo con esto, te molesta que tu amigue te grite por el daño que le estás haciendo? ¿Acaso su dolor es menos válido? ¿O es tu ego el que no quiere reconocer su error?

¿Realmente pensamos que es lo mismo dar unos gritos, hablar de manera cortante, cambiar rotundamente el tono o dar un golpe en la mesa que perpetuar dinámicas que promueven el mantenimiento de violencias de todo tipo?

¿Es que estamos tan acostumbrades a no enfrentar la realidad cara a cara, con toda su crudeza, que unas palabras claras y directas nos parecen igual de violentas que, por ejemplo, una agresión sexual? ¿Es igual un grito que la violencia estética? ¿Acaso un grupo oprimido no tiene derecho absoluto a reventar unos cuantos cristales? ¿Se equivocaron las sufragistas volando buzones?

Nunca una respuesta a una opresión debe ser valorada desde el ego y de forma autónoma al daño que esa persona o grupo ha vivido. Nunca debemos priorizar nuestra visión partidaria ante alguien que expone las situaciones que han atravesado su existencia, las opresiones que han marcado sus vivencias, y las realidades que, a algunas personas, les han hecho y les hacen, aún, mucho daño.


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