Sobre la soltería... parte I

     He leído una publicación sobre psicología en la que aparecen recomendaciones para comenzar y afrontar nuevas relaciones; empezaba así: “Si sientes que no estás listo para tener una relación…”. Consejos para aprender a gestionar esos momentos en los que, aún, no podemos asumir una relación (de pareja, obviamente). Parece que la política relacional nos otorga únicamente dos espacios: el antes de las relaciones y el después, y en realidad el antes no sería más que un estado transicional y preparatorio para el sano y definitivo, el completo... el de la relación de pareja.

     Entiendo por relación de pareja o “relación sexo-afectiva” (que a mí, personalmente, me suena a una forma más molona de hablar de relaciones de pareja de toda la vida) como aquellas formas relacionales en las que una o varias personas ocupan un lugar relevante en nuestra vida, con quien la relación emocional, afectiva y sexual es intensa y predominante, y con quien compartimos espacios y tiempos privilegiados que no otorgamos al resto de relaciones.

     Hace mucho tiempo que reflexiono sobre el tipo de relaciones que tenemos, que tengo y que me gustaría tener. Desde siempre he sentido algo extraño en mi percepción de los vínculos que establecemos con otras personas (con extraño me refiero a no normativo, pero no siempre he sido capaz de comprender ese lugar de mi clasificación). Recuerdo que de peque, cuando empiezas a tener churris en el cole, cada vez que alguien me preguntaba si quería ser su novie yo decía que no. Una vez, por cambiar y no ser siempre quien rechazaba las proposiciones (porque ya me echaron esa fama con unos 11 años), dije que sí. La sorpresa del chaval fue tremenda. “¿Sí?”, me preguntó. Al momento le dije que no, que me había arrepentido de la respuesta. Esos segundos en los que acepté la proposición los recuerdo nítidamente: una presión me dominó el pecho y todos los estándares y las expectativas de quien tiene pareja se me echaron encima y no me dejaban respirar; el agobio de lo comúnmente esperable y los pasos que, a partir de ese momento, debería seguir, me cayeron como una losa. Puede parecer muy intenso y excesivo, pero realmente fue así, y es algo que se me ha repetido, antes o después, en todas las relaciones que he tenido desde entonces. Por mucho que quiera a alguien, por mucho que desee compartir con esa persona, llega un momento en el que la angustia de la norma y lo estándar pesan demasiado. Desde dentro, algo rechaza la idea de la pareja profundamente y aunque se sienta cariño, deseo, amor, fidelidad y tantas otras cosas, a veces es el propio cuerpo quien sabe lo que la cabeza no es capaz de asimilar.

     Uno de los pilares básicos en los que cimentamos la utópica sociedad que intentamos vivir desde los márgenes tiene que ver, precisamente, con la forma en la que establecemos vínculos. En los últimos tiempos, la visibilización de otras formas relacionales ha cobrado fuerza y ya no es tan extraño encontrar personas que se consideran poliamorosas, con relaciones abiertas o que mantienen varias relaciones a la vez, siendo conscientes todas las personas que forman parte de esa relación e, incluso, formando parte de ella.

     Como define Monique Witting, si bien la heterosexualidad es un régimen de gobierno, también es una política del deseo, y es ésta, precisamente, la parte que más se ha modificado en los últimos tiempos: hemos roto la cadena de la heterosexualidad obligatoria y hemos repensado las relaciones de forma que los patrones normativos no nos encorseten en opciones tremendamente limitadas que no representan nuestros gustos y apetencias. Relaciones diferentes forman parte de nuestro día a día rompiendo los pilares del sistema heteronormativo y monógamo que han dominado los imaginarios colectivos desde hace mucho tiempo. En relación a esto, y de gran importancia a mi parecer, lo que yo me pregunto es si estamos logrando romper esos pilares de forma real o simplemente estamos construyendo algo nuevo partiendo de una base casposa y obsoleta. Es decir, creo que la cuestión no es tanto cómo nos planteamos las relaciones de pareja, que también, sino cómo nos planteamos las relaciones. Así, a secas. Todo vínculo conlleva un intercambio que es necesario cuidar y sobre el que necesitamos reflexionar para evitar así caer en el error de reproducir dinámicas opresivas en los márgenes que perpetúen privilegios y lugares de inferioridad.

    Se me ocurre pensar, por ejemplo, en qué es como tal una relación de pareja o ahora llamada sexo-afectiva: ¿Es obligatorio que tenga sexo y afectividad? ¿Son dos componentes base de aquello que se puede generar entre dos personas? ¿Qué sucede cuando las relaciones no tienen una parte sexual y una afectiva? ¿Cómo llamamos a eso? ¿Qué necesita para definirse como tal una relación cualquiera? Si una relación tiene sexo y afectividad, ¿es ya lo que comúnmente se entiende por relación sexo-afectiva? ¿Sólo puedo tener sexo unido a la afectividad con personas enmarcadas en esa definición? ¿Qué sucede, entonces, con quienes no sienten necesidad sexual?, ¿no pueden formar parejas? ¿Qué es, en realidad, lo que entendemos por sexo? Y si yo decido tener relaciones muy cercanas con determinadas personas que incluyan, además, una parte sexual, ¿son todas esas personas mis parejas? ¿Entendemos que las relaciones que son sólo sexuales están carentes de todo vínculo e intercambio? ¿Cómo se llaman las relaciones que establezco con mis amigues, hacia quienes siento afectos y comparto ciertos ámbitos físicos?... Seguro que podríamos hacernos muchas otras preguntas así de interesantes.

     A pesar de la complejidad que encierra pensar sobre todas estas cuestiones, a bote pronto se me ocurre como respuesta a todas ellas que, en realidad, es tan sencillo como que depende de quienes formen parte de eso que queremos, o no, llamar relación (aunque, para mí, todo vínculo lo es). Depende de quienes formen parte del vínculo establecido, sea éste del tipo que sea. Yo tengo 33 años y he pasado la mayor parte de mi vida sin eso que entendemos como pareja. En cambio, tengo grabadas a fuego bajo la piel relaciones, y también algunas rupturas, que he vivido con personas que no podrían encajarse en ese marco de relación afectivo-sexual normativa pero con las que el vínculo era tremendamente fiel y profundo. Si queremos rodearnos de redes afectivas sanas y diferentes, si sabemos que les amigues son quienes nos salvan de la mayoría de dolores del mundo, ¿por qué nos empeñamos en perpetuar estructuras, comportamientos y nomenclaturas que les relegan a un segundo plano?

     Después de mucha reflexión, de muchas vivencias y de muchos pensamientos que me han hecho dudar de si había algo que estuviera mal dentro de mí, que no fuera normal (ojo, la necesidad de normalización frente a lo raro, lo enfermo, lo problemático es muy poderosa), puedo decir que yo me enmarco en la categoría que podríamos llamar “soltería política”. Aunque no tengo claro todavía si me gusta o no la terminología, la soltería política podría definirse como un estrato que representa y define a quienes no quieren establecer relaciones definidas por los marcos normativos de pareja (con una o más personas) que limitan comportamientos y sensaciones permitiendo sólo algunos de ellos y siempre dentro de ese marco. Es política porque tiene ese matiz de consciencia, de decisión activa que pretende tener unas consecuencias sociales y culturales, y también porque es personal, vital. No se trata de no querer tener relaciones cercanas, íntimas, físicas y emocionales, sino de establecer vínculos que se alejen todo lo posible de las jerarquías, que incluyan compartires y sentires establecidos de forma consciente entre quienes integren esa relación. Es decir, decidimos no tener y sentimos no querer relaciones de pareja como tal como acto político, pero también porque esa convicción nos viene de dentro a fuera y no sólo al revés.

     Creo que cometemos un tremendo error cuando aceptamos ciertas relaciones como si fueran neutras y trabajamos a partir de esa falsa neutralidad, obviando que todos lo supuestos sobre lo que está permitido y lo que no parten de acuerdos que, en la mayoría de los casos, aceptamos de manera inconsciente; dentro de los conscientes, además, en muchas ocasiones lo único que hacemos es repensar superficialmente los mandatos impuestos para generar vínculos que sólo ganan en cantidad de integrantes pero no necesariamente en calidad de lazos, restando importancia, de nuevo, a las relaciones que se pueden generar fuera de las categorizaciones de relaciones de pareja, lo cual supone que se romanticen formas de relacionarnos que privilegian el establecimiento del vínculo normativo; dicho de otra forma, privilegian la relación o relaciones de pareja, se llamen o no así, y generan espacios claramente jerarquizados en los que las personas solteras ocupan los escalones más bajos. Si queremos establecer vínculos diferentes, formas de estar en el mundo nuevas y respaldadas por lazos en los que primen los cuidados, las redes, la familia fuera de la institución tradicional, necesitamos repensar las relaciones otorgándoles la importancia que merecen más allá de si incluyen atracción o enamoramiento. Al final, molar mola y tener muchas relaciones, follar mucho y estar súper dentro del poliamor provoca que, incluso dentro de las disidencias, la soltería se conciba como algo de menor importancia y transitorio y sobre lo que no es tan necesario reflexionar, relegando a las personas solteras a espacios marginales de mucha menor relevancia dentro de nuestros propios círculos y afectos.

     Es necesario que pensemos en que la soltería nos puede atravesar sea cual sea nuestra identidad y nuestra orientación, evitando que su invisibilización nos obligue a una nueva “salida del armario” (como si no hubiéramos tenido ya suficientes), y generando una lucha por la defensa de este estado como legítimo y consciente, más permanente que transicional. Y puede ser, obviamente, transitorio, pues sabemos que definir algo de forma permanente es difícilmente realista, pero se trata de darle el peso que requiere la situación de la soltería política como forma de reivindicar que es un espacio complejo y con entidad propia, en muchas ocasiones marginal y causa de desigualdad dentro de nuestras propias “fronteras” (utilizo esta terminología de forma muy consciente, como manera de evidenciar las barreras y los límites artificiales que existen incluso en los espacios más disidentes y reivindicativos).¿Podríamos considerar, por tanto, la “soltería” como una identidad en sí misma? Tengo claro que sí, pues su realidad te puede atravesar junto con tantas otras opresiones que generan espacios de desigualdad. Si la consideramos política, creo que sería posible, a la par que necesario, siento ésta, quizá, la manera de otorgarle un espacio propio y darle la importancia que la invisibilización le ha impedido recibir hasta ahora.

      Creo que las dudas sobre si el error o la culpa eran nuestros las hemos sentido, en general, quienes vivimos o sentimos los vínculos de esta manera; creo, también, que la soledad es una compañera que se mantiene en mayor o menor medida. El mundo está estructurado en pares, y en esas estructuras binarias hay criterios de los que es muy difícil escapar. La soltería ha sido también, históricamente, una vivencia en el margen, una vergüenza y un desagravio para la familia y para la propia persona. La imagen de la solterona (frente al soltero de oro, otro tema) quizá esté quedando atrás en algunos ámbitos, pero eso no implica, ni mucho menos, que todo el entramado que llevó a la construcción de una figura semejante haya sido destruido. Necesitamos repensar los vínculos atendiendo a su base, a qué otorgamos y qué no otorgamos a quienes nos rodean según la casilla en la que les clasifiquemos, para así, quizá, repensar la estructura de nuestros afectos y crear lazos que unan mediante vínculos más adaptados al mundo que estamos intentando construir. Debemos rebelarnos frente a las políticas relacionales mayoritarias no sólo cambiando sus nombres y cantidades sino repensando completamente sus cimientos; como dice Paul B. Preciado, debemos “rebelarnos contra esas ficciones políticas e imaginar colectivamente otras que no produzcan dolencias, formas de exclusión ni de opresión”.


*Obviamente, este texto es un intento de reflexión teórica que no pretende, en ningún caso, juzgar o cuestionar los tipos de relaciones posibles, ni alardear de la posesión de la capacidad suprema de entender y vivir las relaciones. Precisamente, nace de la observación y la vivencia del error y de sentimientos de amor y dolor, tanto en mí como en quienes me rodean como con quien he cruzado caminos.

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