Ginecología y violencias

 

Tengo una colega a la que le han diagnosticado el virus del papiloma humano (VPH). No es grave, no tiene lesiones y ella está bien físicamente y de ánimo. No es la primera vez que escucho sobre el virus del papiloma porque yo lo tuve hace años. Tampoco hubo lesión, todo perfecto.

Pienso en esa época en la que fui a menudo a la consulta de ginecología: me hicieron diferentes pruebas y, después, revisiones. Creo que no he tenido ninguna experiencia traumática como tal en mis visitas a la consulta, o la he tenido y la he olvidado. No lo sé. Lo que no he olvidado son las sensaciones que recorrían y recorren mi cuerpo cuando se acerca el momento de entrar a la sala y que duran todo el tiempo que paso dentro de ella. Son sensaciones de vulnerabilidad y exposición a unos niveles tremendos. 

Te tumbas, te abres de piernas, y alguien hurga en tu cuerpo mientras tú te mantienes de forma pasiva, sin ver nada y sin saber qué están haciendo exactamente. Miras al techo sintiendo cómo se introducen y mueven cosas dentro de ti sin que tú hayas accedido de forma consciente y sin que te aporte ninguna sensación positiva sino todo lo contrario. 

Asistir a cualquier atención sanitaria, del tipo que sea, no es producto de una decisión aleatoria: si lo necesitamos es porque algo no anda bien o sentimos que es así, lo cual ya convierte esas situaciones en procesos emocionales complicados. Cuando se añade el componente físico, el proceso de vivencia de la falta de bienestar que sentimos con y en nuestro cuerpo sólo empeora. Y si este proceso tiene que ver con la genitalidad, la sensación de exposición e indefensión es casi indescriptible.

Creo que, en parte, esto tiene mucho que ver con el desconocimiento que tenemos tanto de nuestro propio cuerpo como de los procesos que suceden en él. La medicina occidental se ha basado en un cienticifismo extremo y su relación con grandes corporaciones cuyos intereses son más económicos que sanitarios ha generado sujetos que no tienen ni idea de qué se siente en sus propias carnes ni de dónde pueden venir sus sensaciones (éste es un tema muy interesante que dejaré para otro texto).

Además, en el caso de la genitalidad, en concreto de la genitalidad de los cuerpos construidos socialmente como “mujer”, el desconocimiento ha estado históricamente ligado a una sensación de pudor extremo. En las concepciones binarias cisheteronormativas de la sexualidad, las pollas son un elemento constitutivo del mundo mientras que los coños y las vaginas sólo tienen dos usos: generar placer a otros y parir; todo lo demás debe provocar vergüenza.

Por otro lado, creo que en las consultas médicas se ejerce violencia de manera sistemática y que ésta nace de las antiguas posiciones de autoridad que aún imperan en muchos ámbitos de la sociedad, sobre todo en los que el desconocimiento y el miedo nos sitúan en posiciones jerárquicas inferiores claramente vulnerables. Entiendo que hay prácticas que se realizan en aras de localizar posibles daños de forma prematura para que el perjuicio a largo plazo no sea mayor, pero en una realidad en la que sabes que muy probablemente tu cuerpo se va a exponer a miradas incomprensivas y prácticas abusivas, enfrentar ese momento puede resultar realmente muy costoso. 

Pero, además, debemos sumar a todas estas sensaciones algunas vivencias de personas en las que, probablemente, no se piense tan a menudo cuando hablamos de ginecología. Creo que si la experiencia de asistir a una consulta ginecológica de una persona socializada como mujer cishetero es complicada, la de los cuerpos que no encajan en esa categorización es tremendamente incómoda e, incluso, puede resultar aterradora. ¿Qué sucede con las personas no binarias con vagina? ¿Y con los hombres trans? ¿Y con todos esos cuerpos cuyas identificaciones no encajan con lo que la norma cis impone pero tienen vaginas que, en algún momento, se enfrentarán a la mirada de una persona “profesional de la salud” que puede que no tenga conocimiento alguno sobre cuestiones de géneno y disidencias y, quizá, tampoco empatía? ¿Cuáles son las sensaciones de alguien cuando tiene que exponerse en una consulta, estar sin ropa, boca arriba y con las piernas abiertas tras haber vivido abusos y violaciones? ¿Y si no he vivido experiencias sexuales, porque no las he tenido aún o porque no me interesan en absoluto?, ¿cómo se afronta eso?

El momento de la “exploración” (la vagina como territorio natural a dominar y controlar) no es lo único violento; la parte en la que hablas de tus experiencias sexuales tampoco es lo más cómodo del mundo, sobre todo si tus prácticas van más allá del penedentrodelavagina. ¿Y el culo? ¿Y el roce? ¿Y la boca? ¿Cómo coño le pregunto a alguien qué riesgos tengo si no siento seguridad para hablar de cómo me gusta follar? 

La verdad es que no tengo una solución pensada para facilitar estas experiencias en las consultas ginecológicas, más allá de la necesidad de formación y el desarrollo de la empatía de quienes ejercen en este ámbito de la medicina, occidental o no. También nos puede aportar mucha seguridad acudir a esas consultas en compañía de alguien de nuestro entorno cuya presencia nos dé tranquilidad y que esté dispuesta a alzar la voz si nosotres no podemos. 

Lo que sí tengo claro es que entender y cuidar nuestros cuerpos, sean como sean, evitando que nuestra salud dependa completamente de alguien cuyos métodos y medios se enmarcan en dinámicas que sobreviven gracias a nuestra alienación completa es necesario y un acto revolucionario. Y ampliar las miras sobre las diferencias de los cuerpos y las experiencias existentes destruyendo los marcos conceptuales binarios y las categorías dualistas del mundo, y replantearnos nuestras posiciones de poder y las violencias que éstas pueden generar, también.






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