Lenguaje y posicionamiento
Llevo un tiempo dándole vueltas al tema del lenguaje; cómo nos nombramos influye y es consecuencia directa de cómo nos hemos construido. O nos han construido, mejor dicho.
Hace unos años decidí que el uso del masculino neutro no era la opción que más me satisfacía. No sólo por ser una solución hegemónica y patriarcal que invisibiliza la variedad de vivencias y realidades existentes, sino porque era la opción mayoritaria, capitalista, hegemónica e institucional, y eso nunca es buena señal.
En mis años de carrera, me explicaron que el masculino no era un uso impositivo del lenguaje sino todo lo contrario: éste deriva del neutro latino, lo que lo convierte en la opción más inclusiva y variada de las existentes. Que esta opción y el masculino coincidan era una mera casualidad, situaciones fortuitas que privilegian realidades; “qué culpa tengo yo de haber nacido en esta situación de privilegio”, me viene a la cabeza. Esta explicación me parece ahora, además de incorrecta, una de las estrategias discursivas clásicas del poder: quien controla el discurso, establece la verdad. Lo que se llama el "discurso del poder".
Habiendo recibido estas explicaciones, ni me convencían ni sentía que mi forma de hablar englobara todas aquellas vivencias a las que yo quería referirme, o representara las realidades que, aun sin conocerlas, podía sentir que existían tras el halo de la norma y en el margen de lo normativo. Necesitaba nombrarlas para que mi imaginario creciera y les diera cabida. Decidí, entonces, utilizar el femenino genérico como forma disidente de expresión y como reivindicación consciente de esas realidades que se han visto tradicionalmente negadas y ocultas. El problema vino cuando hacer ese cambio me dejaba una sensación extraña, como si no hubiera sido un cambio positivo sino sólo superficial, parcial, incompleto, como si me hubiera subido a un barco que parecía que iba contracorriente cuando realmente se dejaba llevar en la misma dirección que los demás; yo no quería subirme a ningún barco, yo lo que quería era hacer camino fuera de los límites binarios existentes. Sentía, sobre todo, que eso era insuficiente.
Han pasado años desde que en mi cabeza comenzaran a surgir estas reflexiones, y en este tiempo he tenido la suerte, y el placer, de tener experiencias empíricas de todo aquello (no todo, pero sí mucho; sí suficiente aunque nunca bastante) que se gesta en el margen del río en el que navegan los barcos de lo normaestablecido, y en este tiempo he podido verme como una individualidad que no siente representación con las normas generales, que muestra características que oscilan entre uno y otro lado constantemente, y que siente mucha repulsión e incomodidad cuando el mundo se empeña en realizar una lectura normativa de mis características físicas. Es justo en esas situaciones en las que siento un malestar que me acompleja y me cabrea al mismo tiempo. Pienso que quizá una parte de ese malestar se deba a que no he tomado una determinación al respecto, no he decidido cómo veo al mundo ni dónde me sitúo y, por tanto, no lo he podido expresar con claridad. O sí lo he hecho, pero sin la consciencia que supone tomar una decisión y llevarla a cabo con pleno conocimiento. Quizá es que eso que tengo dentro no es tan normal ni tan extraño, quizá simplemente no encaja en los parámetros de lectura que nos han enseñado a utilizar y establecer uno nuevo se me hace demasiado grande. Quizá es que la nomenclatura general pasa primero por la propia, y aún no la tengo clara.
Aquí me enfrento a otra cuestión: siendo una persona blanca, de complexión delgada (aunque no equilibrada, esto es otro tema), con unos rasgos faciales que me sitúan más en la lectura de “persona guapa”, según los cánones hegemónicos, que en lo contrario, y tantas otras características que podría enumerar, entiendo que mi posición social y mi vivencia constan de unos privilegios que no muchas personas tienen y, sabiendo esto, e intentando no participar aún más de las opresiones que existen en esta sociedad construida a base de categorizaciones y jerarquías, y probablemente también debido a ese aprendizaje de ser un cuerpo criado y socializado como “mujer” que hace que tienda a ocupar el menor espacio posible, me cuesta mucho tomar una decisión con respecto al tema del lenguaje y la forma en la que quiero que éste me represente. Tengo miedo de tomar una decisión y que ésta obvie otras realidades, que no valore las reflexiones ajenas sobre este tema, o que sea una decisión superficial que se suba al carro de lo que hoy debe ser aceptado (pienso en esas situaciones en las que algo o alguien se define como, por ejemplo, feminista, o ecologista, porque estaría feo decir lo contrario, o personas que se nombran de una determinada manera mientras repiten roles que no hacen más que perpetuar un imaginario casposo y anclado a una sociedad en la que no quiero vivir). Sé que no es mi intención usurpar lugares, pero me da miedo y no me atrevo.
Pero el miedo al juicio no es más que el miedo al rechazo, a salir de lo establecido y de la norma, tan interiorizada que incluso en espacios y ambientes combativos, respetuosos y disidentes suponen un enfrentamiento personal que es el más difícil de afrontar. Al final, no queremos más que encajar, por mucho que queramos ser diferentes. Y no se trata de algo sólo personal sino de un enfrentamiento contra la normatividad sistémica que binariza y categoriza, y que me impide asimilar que no robo identidades ni espacios porque mi identidad y mi espacio también son legítimos.
Un abrazo en la trinchera compa 🌈✨
ResponderEliminarOtro de vuelta 🖤
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