Convivencias perras

 

      Lo veo cada vez que voy a la clínica veterinaria con mis peques perrunes: la forma en la que se educa, en general, a les no humanes con quienes convivimos es mediante la sumisión y la violencia (y son, sobre todo, machisheterocis quienes tienen estos comportamientos; qué sorpresa). Es rara la vez que no se presencia algún tortazo, golpe en el lomo, tirón de correa o de rabo o, incluso, alguna patada con el fin de que nuestres compas no se muevan del sitio, se tranquilicen (sí, que se tranquilicen mediante la sumisión) o hagan cualquier cosa que a la persona supuestamente responsable de ese ser le apetezca que haga. Todo ello, por supuesto, sin pasar por un proceso previo de enseñanza y aprendizaje por ambas partes (necesaria, sobre todo, para la parte humana de la relación). Estas situaciones están tan permitidas y normalizadas que se dan, incluso, en clínicas veterinarias en las que confrontan este tipo de actitudes.

      Cuando adopté a mis compas perris vivimos procesos diferentes, pues sus historias, sus vivencias y su carácter eran diferentes. Comencé a leer sobre etología canina, me interesé en aprender su lenguaje y observar su comportamiento y me acerqué a personas que compartían su vida también con perris. De las malas conductas se aprende, y mucho, y es lo que se suele encontrar cuando comenzamos a relacionarnos con personas que conviven con no humanes. Es común que se parta del deseo del comportamiento perfecto e idealizado, el de las películas, en las que cualquier perri sabe qué hacer, cuándo y cómo, y lo hacen desde un punto de vista totalmente antropocéntrico. Pero les perretes no son así, sino que tienen su propio lenguaje y sus propias herramientas, y solemos ignorarlas y juzgarlas para mal porque somos incapaces de pensar en otras formas de relacionarse con el mundo diferentes a la humana.

      Parece que valoramos la mayoría de sus comportamientos como hostiles, agresivos o desobedientes. Sucede a menudo, por ejemplo, con el uso de la boca y el olfato. El sistema olfativo y el gusto perruno no tienen nada que ver con el nuestro; su forma de relacionarse e interaccionar con el mundo es mediante la boca y la nariz, y obtienen más información de la que podríamos imaginar acercando sus narices y sus bocas a los elementos que les rodean. Sin embargo, la tendencia es considerar que eso no esta bien hecho: "no te acerques al plato", "no huelas ese pis", "no te acerques a esa caca". Lo mismo con los ladridos, la postura corporal y la posición de la cola. Nos hablan constantemente y nos empeñamos en no escuchar. Malinterpretamos sus señales y les dejamos sin opciones comunicativas.

      Otro tema muy interesante es el de la obediencia, pues parece que la única forma que tienen les perris de mostrar educación es teniendo un comportamiento militar (existe el llamado “paseo militar”, en el que les perris caminan junto a nuestra pierna y siguen constantemente nuestra dirección y velocidad), lo que significa que sus instintos y deseos quedan totalmente relegados a un segundo plano. El punto de educación perfecto, a mi parecer, es aquél que permite que se desarrollen de la forma más natural posible (todo lo posible que un mundo desnaturalizado puede permitir) comprendiendo que su vivencia se debe dar, por fuerza, en contextos dominados por el ser humano que no tienen por qué entender.

      No voy a profundizar en el uso laboral de perris como herramientas de trabajo, acompañamiento a personas ciegas o cualquier otro tipo de labor que se les imponga. Eso lo dejo para otro texto.

      Quienes hemos colaborado de alguna manera con protectoras o hemos tenido contacto de cualquier tipo con el "adiestramiento" (que, bien planteado, no es más que la enseñanza a le humane de la importancia de la paciencia, la observación, la empatía y la comprensión hacia nuestres compas), sabemos que prácticamente la totalidad de los comportamientos fóbicos, repetitivos, reactivos, agresivos, etc., nacen de socializaciones, convivencias o experiencias traumáticas y/o mal gestionadas por personas irresponsables.

      Aún así, y a pesar de que cada vez son más quienes conviven con perris, no parece que exista interés general ni social por entender un poco más (o un poco, sencillamente) cuál es la forma de relacionarse que tienen. Nos limitamos a imponer medidas de control y sumisión, ya sean correas, bozales, encierro o violencia física, pero no existe el planteamiento de medidas formativas y de aprendizaje que necesita esa convivencia.

      De las crianzas inconscientes y dañinas surgen las conductas que complican las convivencias y provocan experiencias aterradoras en quienes tendríamos que cuidar y proteger. Son las personas irresponsables quienes causan el estigma del mal comportamiento de les perris, y las personas intransigentes quienes no se esfuerzan en aprender a entenderles. Por supuesto que los gustos y las preferencias son variadas y legítimas, pero no podemos obviar que convivimos juntes en este mundo, y que la mano humana ha absorbido y dominado todo aquello que compartíamos con otras especies. Hemos robado hábitats, hemos robado vivencias, incluso hemos modificado y creado especies obteniendo el máximo partido posible para nuestros intereses. ¿Qué pasaría si nos obligáramos a respetar los espacios en lugar de sentirlos todos nuestros? ¿Sería tan duro aprender a entender y respetar otras formas de comunicar y entender el entorno? Quizá es momento de que nos replanteemos que las soluciones basadas en el dominio y el control forman parte de una lógica capitalista y antropocéntrica que limita otras formas de vida y otras formas de relacionarse con el mundo. Quizá es momento de intentar mirar desde el punto de vista de les otres y aprender sobre otras realidades que no son la nuestra, traspasando, incluso, la barrera de la especie. Hemos dañado bastante a esos seres tan fascinantes que nos acompañan y nos aman sin pedir nada a cambio. Es hora de que pongamos de nuestra parte para hacer su vida, al menos, un poquito más fácil.

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